
Finalmente, después de una prolongada ausencia, estoy de regreso a este rinconcito bohemio llamado Saturnalia. Ya sea por cuestiones de trabajo, fiestas o cualquier otro distractivo, no me había dado tiempo para escribir algo que fuese de interés para los pocos o muuy pocos lectores que tengo en este blog. Sinceramente ofrezco una disculpa a quienes siguen esta página y se quedaron con las ganas de ver algo nuevo durante todo este tiempo.
Durante estos últimos meses creo que no faltaron temas sobre los cuales escribir, ya sea sobre los desafortunados comentarios de Ratzinger en su visita a África, la salida temporal de Steve Jobs de Apple, el asunto del albergue Casitas del Sur, los altibajos del Tri, las buenas criticas a Windows 7, el cuadro que me robaron en diciembre pasado, la quiebra de la General Motors, la visita del presidente Obama a nuestro país o el asunto de la Influenza Porcina que tanto nos afecto a nosotros lo mexicanos.
Y sobre este asunto de las noticias dedico precisamente la presente entrada, ya que durante los últimos años he notado que se ha vuelto una constante en las coberturas que ofrecen los medios de información nacionales el tratamiento amarillista que dan a la noticia. Al parecer en la actualidad a los periódicos y noticieros no les basta con dar a conocer una nota, sino que el imperativo es hacerlo con el mayor escándalo posible para captar la atención de un público que ya se ha vuelto adicto a esta práctica.
Este tipo de periodismo al que se ha llamado amarillista tiene por características el uso de prácticas poco profesionales y faltas de ética como el uso de titulares engañosos o que provoquen morbo, énfasis en imágenes explicitas, exagerar o minimiza información según convenga a hacer la nota más atractiva, explotar la tragedia y el dolor ajeno, especular sobre un asunto sin tener bases, en ocasiones con el uso de “expertos” de dudosa reputación, llegando inclusive a inventar información o falsificar imágenes, todo esto anteponiendo el sensacionalismo a la obligación de informar objetivamente, con el único afán de ganar más.

El Chico Amarillo
El calificativo de amarillismo tiene su origen en la batalla que sostuvieron los periódicos New York World de Joshep Pulitzer y el New York Journal de William Randolph Hearst a finales del siglo XIX por el liderazgo de circulación. Ambos diarios se caracterizaban por no tener escrúpulos a la hora de publicar y como ambos usaban un personaje llamado The Yellow Kid ( El Chico Amarillo) se les comenzó a conocer como prensa amarillista, extendiéndose posteriormente este calificativo a todo tipo de publicación que tuviera tendencias sensacionalistas. Irónicamente es a Pulitzer a quién se le debe el famoso premio a lo más destacado del periodismo de Estados Unidos que lleva su nombre, así como la creación de las escuelas de periodismo en la Universidad de Columbia y la Universidad de Missouri, escuelas que en la actualidad son de las más prestigiosas a nivel mundial. Todo esto gracias a un fondo que Pulitzer estipuló en su testamento, quizá en un intento de que su nombre pasara a la historia por algo más positivo que su carrera como periodista.
Un siglo ha pasado y el sensacionalismo ha regresado a los medios de comunicación, como bien decía Nietzsche, la historia es cíclica. El porque de la presencia del amarillismo en la prensa de nuestro país no resulta tan difícil de imaginar, ya que, como muchas otras cosas, fue simplemente por copiar lo que se hacía en el extranjero. Programas de televisión de Estados Unidos de mucho éxito como Hard Copy sirvieron de referencia para que surgieran versiones mexicanas donde el público podía ver no a actores, sino a personas reales en situaciones reales, ya fueran delincuentes siendo detenidos por la policía (¡Eso si es noticia!), vecinas agarrándose del chongo o al borracho que choco su vehículo con un poste. A pesar de las restricciones que prohibían la transmisión de programas de alto contenido de violencia en horarios familiares en televisión, este tipo de programas se multiplicaron con mucho éxito. No fue hasta que las presiones de ciertos sectores obligaron al gobierno a actuar, que estos programas salieron del aire.
Claro que los medios no iban a abandonar esta mina de oro, una vez que comprobaron que existía un público ávido de sangre, adaptaron y dosificaron la misma formula dentro de los parámetros de la legalidad. Por eso en la actualidad no resulta extraño ver noticieros televisivos que recurren a la nota amarilla para mantener el interés del televidente, ya que para la persona promedio es más interesante saber los pormenores de un crimen, un fraude o un accidente mortal que conocer el análisis del porque la quiebra de la General Motors.
Por su parte la prensa escrita también ha sabido sacar provecho del sensacionalismo. Fotos explícitas de descuartizados, atropellados o del cadáver semidesnudo de la chica que violaron en un baldío, que cuando yo era niño solo se veían en el ¡Alarma!, ahora las podemos apreciar en varios periódicos de circulación nacional, como algo cotidiano. Periódicos como Metro o El Gráfico, por lo regular usan titulares diseñados para provocar curiosidad y morbo, con un contenido muy insulso y superficial de información donde es palpable un énfasis en la nota roja, los chismes de espectáculos y por supuesto las fotos de chicas mostrando sus encantos. Creo que un buen ejemplo de este amarillismo lo pude apreciar durante la crisis de influenza que recientemente sufrió nuestro país, en un titular del periódico Metro que con grandes letras rojas gritaba un ¡Fase 5! en relación a la decisión de la OMS de subir a ese número su nivel de alerta. Claro que el periódico no mentía, pero la forma de expresarlo transmitía la idea de que la enfermedad se había vuelto más peligrosa, más mortal, cuando la realidad era que se había extendido a más países, algo que no agravaba la situación de nuestro país. Tomando en cuenta que la mayoría de las personas no estaban bien informadas sobre el significado de la fases con las que la OMS designa lo inminente de una pandemia o en si que es una pandemia, titulares como ese resultan inquietantes, con lo que se contribuye a agravar la sensación de miedo y provocar paranoia entre la población.
Sin duda no se puede hablar de amarillismo sin mencionar a quienes se llevan las palmas en este rubro, la presa de espectáculos. No creo que exista prensa más agresiva y superficial que la de espectáculos, donde encontramos a fotógrafos dedicados exclusivamente a invadir la privacidad de los famosos con tal de obtener imágenes con las que los “periodistas” después armaran auténticos culebrones. Lejos quedaron los días en los que las revistas y programas de espectáculos se centraban en los proyectos actuales y futuros de los artistas, ahora prácticamente lo único de lo que se habla es si fulano le puso el cuerno a perengana, si sultano es gay, si la actriz del momento tomaba el sol en topless…en el jardín de su casa o si x cantante le puso una madrina un reportero o fotógrafo por andar de metiche.
Actualmente veo muy difícil que este tipo de prácticas vayan a cambiar en un futuro cercano. En este sentido considero que como sociedad somos responsables de la popularidad de este tipo de periodismo, ya que mientras exista demanda, los medios seguirán dándole cabida al amarillismo, ya saben, al público lo que pida. Además de que en ocasiones la linea entre lo que es perodismo serio y lo que es periodismo amarillista es muy delgada y no se puede apreciar con claridad. ¿Como definir el sensacionalismo? Pues, yo me quedo con una frase de Mark en un post de Doupixel que leí hace unos meses donde habla del periodismo sensacionalista y hace una comparación entre dos artículos que abordan el mismo asunto, uno en el New York times y otro en El Universal:
“El artículo del NYT te deja la sensación de que aprendiste algo. El Universal te deja la sensación de que estás leyendo una revista de chismes”



[...] tortura para mi. Los medios siempre fieles a su oportunismo y sensacionalismo como lo mencione en uno de mis últimos post, han hecho todo un circo de este asunto y han saturado de una manera impresionante la programación [...]